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El Cucciolo desembarca en Estados Unidos

El Cucciolo por las calles de Nueva York, reconocida por el inconfundible sky-line

El Cucciolo montado en el bastidor de una bicicleta común

El motor del Cucciolo

El Cucciolo montado en el marco Nettunia

La primera imagen promocional del Cucciolo en 1945

 
 

El Cucciolo llega a Nueva York en 1947 y representa un milagro de capacidad de trabajo y de creación de una nación que recién salía de la tragedia de la guerra. Es así como describe su llegada el mismo ingeniero de Ducati, Aldo Loria, quien en enero de 1947 pasó por la aduana de Nueva York:

"¿Han intentado alguna vez actualizar algún refrán? El día que salí hacia Nueva York pensaba que aquel famoso dicho 'llevar agua al mar' se podía transformar en el más moderno 'llevar Cucciolos a Nueva York', y la verdad es que soñaba con ello con melancolía porque, seguramente estarán de acuerdo conmigo, que no es envidiable la suerte de un hombre que tiene la tarea de vender motores en el país de los motores. Pero estaba equivocado, ¡estaba muy equivocado!

La primera vez que pensé que tal vez me equivocaba fue el día en que pasé por la aduana. Al principio los aduaneros miraban con aire de superioridad: si nunca han estado por lo menos dos minutos bajo la mirada de un inspector de

aduanas, no saben lo que significa 'sentirse culpables'. Y eso me sucedió a mí, hasta que la inspección se limitó a mi equipaje personal y a las diferentes muestras que traía para mi trabajo. Pero la escena cambió de repente: del montón de mis efectos personales surgió el Cucciolo.

En un instante dejaron de existir tarifas aduaneras, precios de exportación, juramentos y los cuatro serios aduaneros se pusieron a mirar mi motor más o menos con la misma mirada que una mujer dirigiría a un hermoso niño.
Luego comenzaron las preguntas y las exclamaciones, a las que contesté muy contento. Ya me sentía grande y pensaba: "Eres un verdadero cachorro y es inevitable que te quieran: ¡tienes la fuerza de los pequeños"!

Y el Cucciolo entró en la City. En Italia estábamos tan acostumbrados a este pequeño milagro de energía mecánica que sin pensar mucho en ello, el día de Pascua salí por Central Park a dar una vuelta.
Imagínense una tarde fenomenal y uno de los parques más hermosos del mundo,

para darles una idea, del tamaño de Biella. En el interior de este parque imagínense también 10.000 automóviles que pasean, entran y salen en cuatro filas en una magnífica autopista. Ya casi está: ahora deben pintar en un punto cualquiera de este ordenado jaleo, una pequeña "cachorra" roja con su dueño.
¡Éramos nosotros! Todo estaba muy bien, cuando vi a mi lado un magnífico automóvil y dos señores que intentaban ir a mi velocidad y hacían comentarios.

Ya sabía lo que iba a pasar. Les habría podido decir lo que esos señores me iban a preguntar, y tras mi larga experiencia, que comenzó ese día en la aduana, ya tenía las respuestas listas. "Sí, es extranjero, italiano"; "¿Cómo? Ah, sí, 48..., cuatro tiempos..., dos más el neutro, 240 millas con un galón... "; "Seguro que sí, si no me creen... prueben"; "De nada, bye". ¡Pero ellos me indicaron que me parara y la conversación no fue la que esperaba!
Comenzó el más 'grande': "Please, muéstreme su carné", y yo dije "Police, yo no tengo carné. ¿Para qué lo necesito? ¿ven que es una bicicleta?". "Claro pero tiene un motor y si atropellas a alguien lo puedes matar".

Comencé de nuevo a sentirme culpable y tan sólo la idea de que un Cucciolo pudiera matar a alguien me hizo sonreír. Todo terminó bien.
En pocos segundos se formó una concentración de curiosos y se improvisó un enorme concierto de automóviles (¡digamos así!); los señores policías decidieron desaparecer y me dejaron en manos de mis admiradores, a quienes tuve que contar todo sobre el Cucciolo".

Pasaje de "Mondo Ducati" de enero de 1999 - gracias a la amable autorización de la Editorial